OPINIÓN por Alfredo Hernández Sacristán

Alfredo Hernández Sacristán
Alfredo Hernández Sacristán

Hay un refrán castellano, que dice más o menos que las verdades amargan, escuecen. Molestan.
Decir la verdad; no la que esperan oír de mí, `por conveniencia. La verdad, la que se ajuste a lo sucedido, la que vivo sin disimulos. La que espera de mí quien es la Única Verdad. La verdad puede acarrear, y acarrea disgustos y hasta la misma muerte. Como no recordar a Sto Tomás Moro, por citar a alguien que viene al caso y nación que nos ocupa. Prefirió morir a abdicar de sus creencias, cuando pudo ser primer ministro o Gran Canciller de Enrique VIII.

Y me vienen a la cabeza estas ideas, no por casualidad o caídas del tejado. Lo son al leer la controversia que ha precedido a la llegada de Benedicto XVI a Inglaterra para beatificar al cardenal Newman el 19 de septiembre en Birmingham.
La vida del cardenal no fue fácil. Le acarreó grandes disgustos, la pérdida de amigos y de prestigio. No se comprendió bien su conversión al catolicismo. Tampoco su celibato, su compromiso a vivir célibe a los dieciséis años, y así continuó hasta el fin de su vida.
La castidad de Newman está perfectamente documentada, si bien los que no son capaces de vivirla ya se encargan de querer demostrar lo contrario, cuestionándola. Está claro que en una sociedad sexualizada, no se entienda el afecto entre los hombres, una amistad que puede ser algo limpio.
Escribió sobre el papel de los laicos en la Iglesia y la primacía de una conciencia bien formada, que nos habla y nos gobierna. Sus ideas parecían “heréticas “en su tiempo y se han visto después actuales, como también el diálogo ecuménico, en el Concilio Vaticano II.
Supo elevar el ser católico, que rea de baja condición, con su prestigio profesional. Así el católico comenzó a ser aceptado en Inglaterra. Newman con sus escritos y su vida hizo pensar a sus compatriotas que se puede ser buen inglés, siendo buen católico. Como toda persona de gran talla estaba en “ el escaparate “ de la opinión pública. Unos le consideraban demasiado brusco; otros, en cambio, pensaban que era blando. Pero a pesar de las críticas, fue muy querido por la gente llana. Esto se demostró por la cantidad de personas que acompañaron a su ataúd.
Al final de su vida fue admirado por anglicanos y católicos, que siempre, casi siempre, la vedad prevalecerá. Y nos hará ir de frente, avanzando.

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