Cesar Román
Cesar Román

No soy fumador, ni ex fumador, ni nada por el estilo, pero la Ley Antibaco me parece una de esas tonterías que los políticos sacan, para desviar la atención del personal de lo realmente importante. A eso algunos les llaman leyes biombo, otros cortinas de humo, y los más, la última tontería del inútil que nos malgobierna. Y parecen casualidades, pero no lo son. El mismo día que empezaba el juicio del Caso Juan Guerra, el PSOE sacó aquella campañita famosa del póntelo, pónselo. La iglesia entró como un miura al que enseñan el trapo, y se lió la de Dios. Mareas de tinta para discutir si te lo ponías o te lo quitabas, si era mejor la marcha atrás, el capuchón o hacerlo a pelo. Y mientras tanto, Juan Guerra, se relamía sus heridas en un juzgado sevillano y en alguna pequeña esquina de los periódicos. Eso sí, lo hacía en el silencio que le había proporcionado el no tener hueco en las páginas de los periódicos, ocupadas por condones y explicaciones sesudas de “expertos” en esto de la eyaculación.

En plena crisis económica, con unas tasas de desempleo insoportables, con familias en la desesperación de la penuria, con padres y madres que tienen que abandonar sus casas desahuciados por no poder pagar la hipoteca, con cientos de pymes cerrando todos los días ¿de qué hablamos en los bares?: de si fumamos o no fumamos. No me dirán ustedes que no son eficaces estos chicos del marketing, la publicidad y la mercadotecnia.

Pero es que lo mejor del asunto, es que cada vez que afloran una de estas ideas magistrales para desviar la atención del personal, tiene contraindicaciones y nos cuesta un ojo de la cara. En su día, la campaña condonera costó un quintal a las arcas públicas. Que digo yo, que a lo mejor hubiera estado mejor utilizado para mejorar la Sanidad, crear algunos puestos de trabajo o construir alguna guardería pública. Pero no, lo prioritario era el látex, que lo que yo propongo son cosas subsidiarias, debieron pensar las mentes preclaras que dirigen nuestra nación. Al igual que entonces, la campaña del fumeteo cafeteril, está costando puestos de trabajo, una caída en las ventas de los hosteleros, y un sinfín de problemas que pueden evaluarse en términos económicos. En plena crisis económica ¿no es lo prioritario el mantener y crear puestos de trabajo, y facilitar la actividad empresarial? A lo mejor soy un idealista, no lo sé, pero me da en la nariz, que lo importante ahora no es el pitillo, sino el bolsillo.

Los argumentos para defender la ley son como las cajas de pastelitos: variados, para todos los gustos y bien presentados, pero que no sirven para saciar el hambre. El argumentario oficialista nos dice que con esto logramos no salir de los bares oliendo a humo, ni nos moriremos dentro de veinte años con un cáncer de pulmón o de garganta, y los camareros dejarán de ser fumadores pasivos. Lo que no nos dicen, es que hay cientos de parados que darían un riñón por un puesto de trabajo en el que salieran oliendo no a humo sino a ollín, y que los camareros que pierdan sus puestos de trabajo por la dichosa ley, estarán más sanos, pero pobres. Primero dame pan, que luego ya hablamos de lo metafísico, pensarán todos ellos.

Nuestra clase política sigue instalada en su torre de marfil, alejada de lo que les pasa a los ciudadanos. Legislan desde el más allá, mientras en el más acá, las pasamos canutas por su manifiesta incapacidad. Pisan moqueta, cuando lo que tendrían es que pisar calle. Andan en coche oficial, cuando muchos no se ganan ni un billete de autobús. Cobran dietas y buenos sueldos, mientras nos dejan migajas y sin sustento. Por eso, aunque no he fumado nunca me encenderé un cigarro, y cantaré aquello de… “Fumando espero… que se vaya Zapatero”.

Por César Román

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