Continúan celebrándose en Zamora las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora. Tras la ponencia de Lluís Duch, tuvo lugar esta tarde una mesa redonda titulada “Caminos personales de encuentro con Dios I”, que constituyó la primera de dos mesas de este tipo, en las que se abordan las realizaciones que han hecho personas concretas de su camino a Dios desde distintas experiencias humanas, como señaló en la presentación Francisco García, el coordinador de las Jornadas.

Tomás Moro: por encima del rey, Dios

La primera en intervenir fue Paloma Castillo, doctora en Medicina por la Universidad de Salamanca, y que ha sido docente en las Universidades de Madrid y Salamanca. Es miembro de la Asociación Internacional “Amici Thomae Mori”, fundada en 1963 en Angers (Francia), constituida por profesores de universidades europeas y americanas. Esta asociación se dedica al estudio del Humanismo renacentista, a la época Tudor y a la Reforma. Forma parte de otras sociedades dedicadas a esta figura.

Presentó una síntesis de la biografía de Santo Tomás Moro, patrono de los políticos y gobernantes. Tal como expuso, Tomás Moro fue el primer canciller seglar de Inglaterra, que fue ejecutado en 1535 por oponerse al divorcio del rey Enrique VIII. Tuvo mucha formación clásica, y consideraba que estaba antes la virtud que el conocimiento. Además, conocía en gran medida a los Padres de la Iglesia y a toda la tradición cristiana.

Moro llegó a la conclusión de que el buen político debe reunir conocimientos de artes y ciencias. Como tiene el peligro de llegar a la tiranía, las letras lo guiarán hacia la razón, y tomará decisiones prudentes. Pero, además de humanista, Tomás Moro es cristiano. Considera que la primera responsabilidad de un rey es ser un padre para sus hijos. El orgullo la tentación de la serpiente tiene como antídoto el conocimiento.

La ley ocupa un lugar importante en la filosofía de Moro y observa que ninguna ley protege totalmente al inocente. Los hombres somos libres, y el estadista debe hacer que los hombres trabajen por el bien común, utilizando la fuerza de la ley cuando haga falta para asegurar ese bien común. También defiende la separación de la Iglesia y el Estado. La famosa Utopía es también una denuncia de las circunstancias sociales de su tiempo. Marx y Engels lo consideraron socialista, por hacer una lectura fundamentalista de esta obra.

Paloma Castillo también detalló el caso que provocó la decisión de conciencia de Tomás Moro de abandonar el servicio público, cuando el monarca inglés contrajo un nuevo matrimonio y se autodesignó como cabeza de la Iglesia en Inglaterra. “Moro no podía traicionar a Dios ni a sí mismo, y es llevado a la prisión”. La ponente también detalló el cruel y prolongado martirio que sufrió el ex-canciller. “Se aferró entonces a la agonía de su amado Cristo, confiando en la corona de victoria tras la muerte. Afrontó el martirio con serenidad, y se sintió feliz ante la condena de decapitación. Sostuvo la doctrina moral frente a un tirano”. La ponente también aclaró que el santo inglés “no desea el martirio, pero se endurece en el juicio (que fue una farsa, y fue condenado por medio de un perjurio) cuando se trata de la salvación del alma”.

“Tomás Moro no muere por oponerse a un divorcio, ni por defender la supremacía papal, sino por su visión de la autoridad y de la Iglesia”, explicó Castillo. “Hoy, más que nunca, el Estado interviene en todos los ámbitos de nuestra vida, negándole al hombre las libertades más fundamentales. Será la Iglesia católica la que tenga que recordarle al Estado cuál es su lugar, dentro del marco de la Constitución”. Tiene que mantenerse firme ante un Estado que quiere ordenar lo que se debe pensar y hacer. “Un hombre puede perder la cabeza y no sufrir mal alguno”, le escribía Tomás Moro antes de su muerte a su hija. El hombre libre que en el cadalso se despide como fiel servidor del rey, pero antes de Dios.

Bach: una fe que brota desde los pentagramas

José Ramos Domingo, doctor en Teología, y profesor en la Facultad de Comunicación de la UPSA, estudioso de cuestiones de oratoria, arte y música, presentó la figura de Johann Sebastian Bach. Habló de su religiosidad desde la música: “Bach es la expresión de una fe que brota desde los pentagramas, desde el principio hasta el final”. Para este experto, Bach es un moderno, su vocabulario aún nos sigue atrayendo, tocando las fibras de nuestra sensibilidad. Dominó los secretos de la invención musical y de la armonía. “Quien haya escuchado alguna vez los primeros compases del coro inicial de la Pasión según San Mateo estará de acuerdo, y podemos terminar de escuchar la obra postrados llorando”.

Casi todas las partituras de Bach se inician con la expresión “Soli Deo gloria”. Como explicó Ramos, “su música está concebida para honrar a Dios e instruir al prójimo. Se expresa objetivamente una fe sentida y, a la vez, razonada. Para Bach, creer es un sentimiento vivificante, que se deja palpar auditivamente, a veces como gozo, a veces como compunción y tristeza. En sus corales para órgano se expresa su honda religiosidad. Algunas piezas son el dogma trasplantado en sonidos, como cuando compone la caída de Adán. Son auténticas piezas de meditación”.

El coral “Señor, ante tu trono ahora compadezco”, es el motivo musical que quiso escuchar en los momentos previos de su muerte, como un ars moriendi, suplicándole a Dios su benevolencia y su perdón: “no apartes tu clemente rostro de mí, porque tú sabes que soy un pobre pecador”, palabras de la propia pluma de Bach.

Esto se hace extensible a su obra didáctica, “hablándoles a los alumnos de la gloria de Dios y el goce del espíritu como la razón última del ser músico y componer”. Pero serán sus Cantatas donde se proyectará todo su intimismo creyente y devocional. Cada domingo escribía una, y lo contienen todo musicalmente. Son la cima de la expresividad religiosa en la música. “Si tuviera que definir toda esta obra bachiana de las cantatas, tendría que hacerlo desde su ortodoxia luterana, desde su devoción pietista y desde su discurso místico”, afirmó el ponente. De hecho, en las cantatas místicas, Bach elabora toda una escatología.

La Pasión según San Mateo representa el punto culminante que Bach dedicó a la teología protestante. Se trata del “sermón más persuasivo, toda una expresión narrativa musical, un quinto evangelio. Se ponen en escena los sufrimientos de la pasión de Jesús, para llamar al creyente a la compunción y el arrepentimiento”.

Por otro lado está la Misa en Si Menor, que le llevó 25 años, “una obra cumbre en la que se acumulan todos los méritos musicales del pasado. El Bach luterano nos sorprende con la más sublime creación de una misa católica. Se mezclan el subjetivismo protestante y el objetivismo católico”. En el corazón de la obra, el “incarnatus est” es la composición sublime, que es difícil de igualar, la más hermosa descripción de la encarnación del Verbo.

José Ramos también abordó el contexto sociocultural del músico alemán, que se propuso una armonía que no opusiera la revelación trascendental con las alegrías de este mundo. Aquí hay que entender El arte de la fuga. José Ramos terminó señalando que “se ha dicho que el secreto del carácter único de la música de Bach está en la conjunción de las diversas corrientes de la época. ¿No está aquí la razón por el que el esplendor de su música aún atrae al hombre de nuestros días?”.

Teilhard de Chardin: la presencia de Cristo en el cosmos

El último ponente de la mesa redonda fue el jesuita Agustín Udías, doctor en Geofísica y en Ciencias Físicas, que ha investigado y enseñado en varias universidades norteamericanas, alemanas y españolas. Es catedrático emérito de Geofísica en la Universidad Complutense de Madrid, donde sigue impartiendo un curso anual sobre la relación de ciencia-fe. Es autor de varios libros sobre este tema. En la mesa redonda tuvo la misión de presentar la importante figura del también jesuita Teilhard de Chardin.

“La mayor preocupación de Teilhard de Chardin fue cómo integrar la fe cristiana en el avance científico de su tiempo. Su vida se apoya en su trabajo científico y en su experiencia mística. La nueva visión evolutiva del mundo, asimilada por su investigación, no puede dejar de lado la concepción cristiana de la relación de Dios con el mundo. Esta relación se había entendido antes en una concepción estática, y debía reformularse ahora, tras los avances científicos. Esto afectaría a la cosmovisión cristiana, y por eso sus escritos preocuparon a la autoridad eclesiástica”, comenzó diciendo Udías.

Para Teilhard constituía el centro de su vida y el motor de su espiritualidad, no simplemente una cuestión teórica. “Estamos acostumbrados a contemplarlo como científico o como filósofo, y olvidamos al místico cristiano que descubría la presencia del Cristo cósmico en las fibras de la materia y lo concebía como el fin último de toda la evolución del Universo”. Ahora ya se ve su mensaje como una mística para nuestro tiempo, un tiempo dominado por la ciencia y la tecnología. El centro de su mística lo constituye su visión de Cristo como centro del mundo, en una concepción cristiana de la evolución.

Su interés por las ciencias naturales se despertó desde sus estudios de Bachillerato. Después de su ingreso en la Compañía de Jesús mantuvo este interés, realizando trabajos de campo en geología. Vivió la experiencia de la Primera Guerra Mundial como algo fuerte, y la interpretó como un bautismo en lo real. En un temprano ensayo ya adelanta los temas fundamentales de toda su trayectoria intelectual posterior. “Yo amo al Universo, sus energías… y al mismo tiempo estoy entregado a Dios, el solo origen, la sola salida, el solo término”, escribía. Se consideraba un hijo tanto de la tierra como del cielo.

“Llamaba a descubrir el ideal divino en la médula de los objetos más terrestres”. La concepción evolutiva de la realidad y su integración en la cosmovisión cristiana estarán en el centro de su pensamiento. En 1923 viaja a China, y su vida queda vinculada al trabajo geológico y paleontológico allí. Años después se le reconoce en los ámbitos científicos, y trabaja sobre el origen del hombre en toda Asia.

Pero el autor separó su trabajo científico de su reflexión religiosa, y en sus más de 200 artículos científicos no se menciona el problema religioso. Para Udías, “como científico, fue un verdadero científico. Sin embargo, para él, el trabajo científico mismo constituía en sí una forma de adoración. Ciencia y religión forman dos caras de un mismo movimiento en el conocimiento de la realidad para Teilhard de Chardin”. El contacto con las verdades científicas bien comprendidas, un buen alimento para la vida espiritual según el jesuita francés.

También escribe 243 ensayos de tipo religioso y filosófico, sobre todo investigando el papel de Cristo en un mundo en evolución. “Podemos preguntarnos si su visión sobre Cristo era sólo un pensamiento teórico, o si constituía también el centro de su misma vida, si formaba el centro de su espiritualidad personal y su mística”. Y por eso el ponente explicó, como respuesta clara: “las notas de sus ejercicios espirituales nos muestran que estas ideas son las constantes que forman el núcleo de su oración y meditación. Teilhard, aunque se ajusta en sus líneas generales al esquema ignaciano, también se aleja de él. Piensa que algunas de las consideraciones de san Ignacio, como las del principio y fundamento, están llenas de estatismo, fixismo y juridicismo. Para él, la creación no es un medio para la salvación del hombre, sino el objeto de una comunión conquistadora. Considera su idea como más abarcante, no como opuesta a los Ejercicios. Sólo en la contemplación para alcanzar amor encuentra el científico una mayor coincidencia con sus ideas”.

Por eso, “su visión de Cristo y del mundo no es sólo un pensamiento teórico, sino el motor y el centro de su vida espiritual”. Año tras año, sus ejercicios se centran siempre en las mismas ideas. Aparece el término Cristo Omega desde 1922. Después aparece el término “omegalizar”, para expresar la unión del Universo con el Cristo total. Y las dos perspectivas que resumen toda la actividad de su vida: universalizar a Cristo y cristificar el Universo. Toda su vida la concibe como una fidelidad al Cristo Omega. “Más que nunca, es el Cristo Omega el que ilumina y dirige mi vida”, escribe Teilhard.

Finalmente, en 1950, el año de su muerte, dice que en su vida no puede entrar nada que no sea cristificable. En plena fe al Cosmos y al Cristo Omega. Terminar bien es haber formulado bien su mensaje esencial. Resume su visión con una sola palabra: “pancristismo”. La tentación de panteísmo que le había acechado durante toda su vida, encuentra su superación con esta palabra. Termina con la intuición de su próxima muerte, con esta nota: “abandono al fin”.

Udías dijo que también encontramos esto en sus oraciones. “Merece una mención especial su Misa sobre el mundo, que sigue el esquema de la Misa y presenta la consagración del mundo como extensión de la eucaristía. Esto trasluce su concepción de la presencia de Cristo en el mundo. Toda la materia es encarnada para él, el Universo se presenta como una inmensa hostia”. Dirige su oración al Cuerpo de Cristo en toda su extensión, es decir, al mundo. “Yo me entrego para en él vivir y morir”, dice el científico jesuita, para terminar invocándolo: “centro deslumbrador donde se unen las fibras de lo múltiple… tú eres mi Señor y mi Dios”.

En conclusión, para Teilhard de Chardin, “ni Cristo puede concebirse separado del Universo, ni el Universo separado de Cristo. Vivió apasionadamente esto, y se esforzó por comunicarlo desde su trabajo científico, a pesar de todos los obstáculos e incomprensiones que afrontó”.

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