El tercer día de las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, comenzó con una ponencia del profesor Lluís Duch, titulada “La imaginación humana como apertura del horizonte humano hacia Dios”.

Lluís Duch (Barcelona 1936), es monje benedictino de la conocida Abadía de Montserrat, doctor en antropología y teología por la universidad de Tübingen, y con estudios complementarios en Münster y Múnich. Es profesor emérito de Fenomenología de la Religión de la Abadía de Montserrat y del Instituto de Ciencias de las Religiones de Tarragona y Manresa, y también de otros centros como la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad Ramon Llull, la Facultad de Teología de Cataluña, entre otros.

Duch planteó el tema de las Jornadas desde la antropología. Aclaró en la introducción que hay una gran diversidad de antropologías, y subrayó la importancia del contexto en el estudio antropológico. Hay tres tipos de antropologías: las que consideran que el ser humano es malo (como la de san Agustín y la de Kant), las que consideran que el ser humano es bueno (Rousseau), y las que más convencen al ponente, las que dicen que el hombre no es ni bueno ni malo, sino “fundamentalmente ambiguo. Ante las cuestiones fundamentales de la existencia, tenemos que decidir. Aquí es donde tomamos partido, donde están a nuestro alcance el bien y el mal. Y la ambigüedad nunca se resuelve del todo”.

Análisis de la cultura actual

¿Y cuál es la situación de la sociedad actual? “La primera nota es la preeminencia de lo psicológico sobre lo sociológico; no prima el interés por el grupo, sino la pregunta de ‘cómo me encuentro’. Vivimos lo que algunos investigadores llaman la ‘sociedad terapéutica’, donde la salud propia, al margen de la sociedad colectiva, lleva al interés por uno mismo, creando una sociedad de desafiliación, fundamentada en lo psicológico (la cultura del yo)”. Esto lleva a un fenómeno de hiper-afiliación, más minoritario: un proceso de sectarización en el campo religioso, político, etc.

Otra característica de nuestro tiempo es “la provisionalidad, como valor de esta sociedad que tiene una superabundancia de valores. La televisión no hace otra cosa que proponer valores, y esto provoca un colapso, una incapacidad para decidirse y, en el fondo, se llega al ‘todo vale’”. Aquí entra el aumento de la esperanza de vida.

Un tercer aspecto es la situación de la memoria en nuestra sociedad. “Es una cuestión mayor, porque los seres humanos somos seres de memoria, nos movemos en la cuerda floja entre la memoria y el olvido. Y las comunidades religiosas son comunidades de memoria. Porque la memoria es el artefacto que nos permite hacer presente lo ausente”.

San Agustín se pregunta en las Confesiones cómo construimos el presente del presente. Dice que necesitamos para ello el presente del pasado y el presente del futuro, cómo leo yo en el presente lo pasado y lo futuro. Duch afirmó que “nuestra civilización cree que el simple presente, sin vinculaciones con el pasado y el futuro, es suficiente. Así no se puede articular ‘la fe de nuestros padres’. La función del recordar es fundamental para la articulación del acto de fe; para que nos hagamos presentes a nuestro propio presente, no nos sirve sólo lo actual, sino que necesitamos lo que pasó y lo que vendrá tal como nosotros ahora lo captamos”.

Por eso en la antropología hay dos verbos fundamentales: rememorar y anticipar. Son esenciales para la existencia humana. “Cuando se quiebra la secuencia temporal del ser humano, también se quiebra la búsqueda de Dios, que es el que fue y el que será. Esta cuestión de la memoria es fundamental para nuestra sociedad; si no hay memoria, no hay vida propiamente humana”.

Cuarta cuestión: la pérdida del mundo dado por garantizado, la pérdida de la confianza. “Nos movemos en un clima de desconfianza a muchos niveles, en un ambiente de ruptura de la confianza”, dijo el ponente. Esto significa que cesa la autoridad para que impere el poder. A veces usamos como sinónimos auctoritas y potestas, cuando en el fondo son antónimos. Lo primero se refiere a promocionar, favorecer, dar vida; y lo segundo se refiere al mantenimiento de lo establecido para que yo pueda hacer lo que quiera, un movimiento de autoafirmación.

Todo esto se traduce en la carencia de maestros espirituales, de personas que tienen autoridad aunque no tengan poder, “como profetas desarmados, cuando los poderosos no suelen tener autoridad. Los maestros espirituales, al final se convierten en innecesarios, cuando el poderoso busca precisamente la dependencia, crea adicción. La auctoritas crea libertad, crea liberación”.

Otro aspecto importante de nuestro momento histórico es “el vertiginoso aumento de la velocidad, del tiempo social, que crea grandes disfunciones. Igual que a la digestión no le podemos imponer un ritmo, a la velocidad tampoco. Nuestras sociedades y los individuos deberíamos encontrar el sosiego, el no dejarnos llevar por la enorme velocidad impuesta a la sociedad”.

La sexta característica del mundo actual es que el ser humano necesita de transmisiones, necesita ser acogido y reconocido. El hombre es educado por las transmisiones porque es un ser capaz de la imitación, algo muy ambiguo: pueden ser las modas, o el testimonio religioso (que actualiza aquí y ahora la presencia de Dios). Según Bonhoeffer, la cuestión principal es quién es Cristo hoy para nosotros; y Kierkegaard se pregunta si somos nosotros contemporáneos de Cristo, trasladándonos a su tiempo, o es él contemporáneo nuestro, aquí y ahora. Esto determina dos formas diferentes de cristianismo. ¿Cuál es hoy día el foco de transmisión más importante? Sin duda alguna, respondió Duch, “los medios de comunicación. Las transmisiones sociales y las religiosas están en una auténtica crisis de transmisiones, y se mantienen las de mediación, los medios de comunicación”.

Otra cuestión capital son los feminismos. Nuestras imágenes de Dios son, para nosotros, más importantes que el mismo Dios. Son imagen teodidactas, que enseñan a Dios, no ídolos, que son autorreferenciales. “En el momento actual, nuestras imágenes de Dios no pueden ser monolíticas; tienen que expresar la contraposición de los sexos: Dios es Padre y Madre. Expresamos así algo más, tocamos más de fondo qué es Dios para nosotros, no Dios en sí. Por eso la cuestión de los feminismos es importante, y los teólogos no la han trabajado lo suficiente”.

La octava nota de nuestro tiempo: la credulidad. Para Duch, “una credulidad enorme; nos lo creemos todo, vivimos en una cultura de oídas”. Aquí se impone la crítica, en el sentido griego: el arte de buscar juicios y criterios. “Eso es lo que los maestros espirituales han llamado discernimiento. Necesitamos la autocrítica; es una cuestión que debería imponerse ya en la primera enseñanza. Estamos en una crisis gramatical, una enorme crisis pedagógica, basta con ver la pobreza léxica que tenemos en nuestra vida común. Para nosotros sólo existe lo que podemos ‘empalabrar’, meter en palabras”. La ética también es palabra, como todas las formas de expresividad del ser humano.

Centralidad de lo simbólico

Los hombres dependemos de nuestros contextos. Y aquí la cuestión simbólica es fundamental: “para construir nuestro presente, necesitamos del presente de nuestro pasado y del presente de nuestro futuro. Y el símbolo es el artefacto que nos permite esa actualización”. Cuando hablamos de la igualdad radical de los hombres nos referimos a los de todos los tiempos, porque poseemos esa capacidad simbólica. Tenemos diferencias históricas y culturales, que son relativas respecto a la unidad fundamental. Aquí hay una cuestión que es causa de numerosos problemas: cómo compaginar esa unidad con las diferencias reales entre las personas.

Duch ofreció una definición del símbolo: “es un artefacto, físico o mental, que nos hace mediatamente presente lo inmediatamente ausente. Desde una perspectiva religiosa, Dios nos es siempre mediatamente presente, a través de los sacramentos, la palabra, el testimonio… Eso no quiere decir que a veces tengamos una experiencia de iluminación, esa especie de presencia fulgurante, en medio de nuestro camino del estado del Paraíso”.

El símbolo es ese potencial enorme que tenemos todos los seres humanos. Como dijo Marcel Gauchet, “disponemos de la imaginación, una facultad que nos permite aprehender intuitivamente el ser vivo de las cosas; tenemos el símbolo, el modo de presentar lo impresentable, de hacer visible lo invisible, de volver sensible lo inteligible”. Nos permite situarnos ante lo abierto, ante lo que no podemos encerrar. Según el ponente, “el ídolo es un símbolo que se ha constituido en auto-referencia, y es cuando se pervierte el símbolo. El ídolo es autosuficiente, no va más allá; cuando el símbolo es un puente”.

También citó un verso de Rilke: “bienaventurados los que saben que detrás de todos los lenguajes está lo indecible”. Esto es lo que hace el símbolo: por un lado nos dice que tenemos necesidad de lenguajes; por otro lado nos avisa sobre el peligro de que estos lenguajes se constituyan en finalidad en sí, dejando de ser un trampolín que nos lanza a un más allá. “El símbolo hace posible lo imposible. El ser humano es un ser de lo posible porque sabe transformar lo imposible”.

La actual crisis de Dios

¿En qué consiste la actual crisis de Dios?, se preguntó Lluís Duch, para continuar afirmando: “lo que está en crisis actualmente es la imagen de Dios de la tradición judeocristiana. En los años 60 y 70 del siglo XX hubo una crisis de la religión. Actualmente no está en crisis la religión, sino que está en crisis Dios”. Y añadió que “Dios se ha convertido en un extraño en nuestra propia casa. No el Dios del budismo, sino el de la tradición judeocristiana. Este adjetivo es fundamental”. Tiene una comprobación ética, pero está en crisis en el momento actual. El Dios dado por supuesto de la cultura occidental se ha convertido en un Dios extraño y lejano. La modernidad ha socavado todas las certidumbres que se daban por sentadas. Ha pluralizado el entorno social moderno.

El ponente habló de la crisis de Dios, del hastío de Dios. “Nuestro tiempo es profundísimamente religioso, a la inversa de lo que acontecía hace 30 o 40 años. El interés que despierta la religión es extraordinario, pero el interés por el Dios judeocristiano es mucho menor. Esto se debe a la psicologización de las relaciones sociales. La pregunta fundamental es cómo me encuentro, no cómo te encuentras; es la cultura del yo”.

Apareció el tema del retorno de la gnosis. Algún autor dice que la gnosis aparece como religión mundial en Occidente cuando los sistemas entran en crisis. Para Duch, “es una comprensión de la realidad, una psicologización de la realidad”. A esto se debe la popularidad actual de Jung, un gnóstico. La gnosis tiene muchos niveles: uno muy sofisticado, filosóficamente hablando, y otros muy populares, como el que aparece, por ejemplo, en las memorias de Shirley MacLaine. “En el mejor de los casos, las gnosis nos permiten encontrarnos a nosotros mismos, pero no a Dios. Y para encontrarnos a nosotros mismos necesitan excluir a Dios. Esta psicologización provoca la preocupación exclusiva por el propio yo”.

En su conclusión, el antropólogo señaló que “la crisis actual de los caminos hacia Dios es la crisis de la imagen de Dios. Está en crisis la respuesta ética, la verificación ética de que realmente nos encontramos en los caminos hacia Dios. Lo verificable, lo que está en nuestras manos, es el mensaje de los evangelios sinópticos: la responsabilidad ética, no por ella misma, sino como verificación o traducción en relaciones de la realidad de Dios”.

La calidad de un ser humano se juzga por la calidad o falta de calidad de sus relaciones con Dios, consigo mismo y con la naturaleza. Éstos son los indicativos de su calidad como persona aquí y ahora. Y aquí interviene la palabra conversión. “Nada está definido por adelantado, porque los seres humanos nos movemos en la alternativa entre la pregunta y la respuesta; son nuestras respuestas a los retos de la existencia (la llamada de Dios) donde se comprueba nuestra humanidad o inhumanidad”.

“Tenemos que recuperar el Dios de la tradición judeocristiana, no el Dios absoluto de las cosmovisiones orientales”, subrayó Duch. El Dios que “propter nos homines et propter nostram salutem descendit”, el Dios que ha entrado por nosotros en la historia, aceptando no sólo la muerte, sino también la ambigüedad, que es lo más característico nuestro.

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