OPINIÓN por Cesar Roman.

Pocas veces se alcanza el consenso generalizado de lo imprescindible que es hacer una reforma del calado y consecuencias que puede y debe tener una reforma laboral. Ese consenso existe y es innegable desde hace ya mucho tiempo. Y aprovechar esas situaciones de consenso para sacar adelante una reforma apropiada es una obligación ineludible por parte de nuestros gobernantes. Sin embargo tendremos que esperar a otro momento porque de nuevo la oportunidad de llevar a cabo una satisfactoria reforma laboral se ha perdido. El texto que saldrá adelante no facilitará la creación de empleo, ni será útil para reactivar la economía. No será práctico y ninguna de las partes verá satisfechas sus demandas de reformas. Y esto es así porque de nuevo tenemos un texto a medio camino de todo, que no se atreve a entrar en el fondo de los problemas y que, al no abordarlos de raíz, no propone soluciones eficaces a los graves problemas por los que atraviesa el mercado de trabajo.

Además las reformas llegan tarde y mal. Durante dos años el gobierno se ha dedicado a marear la perdiz intentando vendernos brotes verdes y negarnos la mayor. Hemos dilapidado un tiempo precioso. Cada día perdido nos ha costado cientos de parados más en las colas del INEM. Familias con nombres y apellidos que no tienen un sueldo digno que llevar a sus casas. Madres que no tienen con qué hacer la misma compra que antes y ropa que se zurce en lugar de adquirir una nueva. Comerciantes que ven como sus clientes desaparecen o compran ahora mucho menos, y para pagar tiene que rebuscar calderilla en el bolso o pedir que se lo apunten como antaño. Esa trágica trilogía se vive en las calles de nuestros barrios, cada día más alejadas de los despachos y los coches oficiales en los que habita la clase política, y es la consecuencia de esperar a que escampara sin hacer nada de lo que se debía hacer.

Con las prisas del mal estudiante, que el último día antes del examen quiere hacer las tareas que no hizo a lo largo todo el curso se ha querido hacer una reforma laboral que en lo sustancial no soluciona problemas y lo que es más importante no sirve para crear empleo. Esas prisas han conducido a simplificar el discurso igualando reforma laboral con abaratamiento del despido y modelo de contratación. Sin embargo es rotundamente falso que los empresarios no estén contratando por no disponer de formas de contratación adecuadas o porque el despido sea caro. Lo cierto es que no se está contratando porque no hay actividad económica suficiente para más empleados, ni confianza para poner en marcha nuevas empresas. A eso le debemos sumar que el grifo del crédito sigue cerrado para las pymes que son las auténticas generadoras de empleo. Mientras eso no se solucione el coste del despido improcedente es irrelevante. En los mismos términos se explicó hace meses el Ministro del Trabajo cuando alertaba en grandes titulares que una reforma laboral no crearía empleo. Tiren de hemeroteca. Lo que entonces era una verdad como un templo, hoy lo sigue siendo. Nuestro mercado laboral lleva muchos años fallando desde su base. No podemos olvidar que en España en épocas de bonanza económica teníamos dos millones de desempleados. Paro estructural le llamaban los técnicos. Ese dato escalofriante por sí mismo evidencia que algo no funciona de forma estructural.

En una situación de crisis como la que tenemos es cuando todo puede cuestionarse y repensarse, y es cuando se pueden realizar las catarsis necesarias para enderezar rumbos que llevan decenios torcidos. El Estatuto de los Trabajadores nació como instrumento para reorientar un mercado laboral estatalista y paternalista heredado del franquismo llevándolo hacia una economía de mercado. Una economía globalizada y cada vez más competitiva que se basa en la constante gestión del conocimiento, genera un mercado laboral que nada tiene que ver con el modelo que nació de la revolución industrial española de los años 50 y 60, o de la reconversión industrial y apuesta por el sector servicios de los 70 y 80. El Estatuto, y por ende el modelo de negociación colectiva que se deriva de él, se ha quedado tan obsoleto y distante respecto a la realidad laboral como el Fuero de los Trabajadores. Sin solucionar el problema básico que es redefinir un nuevo marco de relaciones laborales, seguiremos dando vueltas sin hallar las respuestas.

Es necesario legislar para salvaguardar y conciliar los legítimos derechos laborales y sociales de los trabajadores con el no menos legítimo de obtener beneficios y ser competitivos que buscan los empresarios. El Estado debe permitir, posibilitar y mediar para que las dos partes de la relación laboral puedan alcanzar sus objetivos ayudándose mutuamente. Y para ello es necesario que se aborde una reforma laboral de amplio calado en la que todo pueda ponerse en discusión y entre todos hallemos las fórmulas más convenientes para nuestro futuro. Ese tipo de reformas laborales sí que pueden generar empleo por sí mismas, porque generarían ilusión y confianza en el futuro. Poner más parches a una rueda que lleva pinchándose y remendándose durante cerca de un cuarto de siglo es sólo una pérdida de tiempo y de oportunidades. Y perder esa oportunidad sólo nos conduce a aumentar las masas desesperadas de buscadores de un trabajo digno con el que dar de comer a su familia y poder pagar las facturas mensuales.

César Román
Portavoz de la Asociación Profesional Española de Directores de Recursos Humanos

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