Julio Lamelas expone en Zamora la concepción bíblica del hombre, creado por Dios para cultivar y guardar la realidad

 

El segundo día de las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, comenzó con una ponencia del profesor Julio Lamelas, titulada “La acción sobre el mundo como lugar de encuentro con Dios”.

Los más de 80 congresistas reunidos en el Salón de Actos de Caja España de Zamora escucharon con atención a Lamelas, profesor de Hebreo y de Antiguo Testamento en el Instituto Teológico “Divino Maestro” de Orense, centro adscrito a la UPSA. Ha realizado sus estudios bíblicos en Roma y en Jerusalén, ha traducido algunos textos de la Sagrada Escritura y ha publicado diversos artículos de investigación. Forma parte de la Asociación Bíblica Española y es el delegado de Pastoral Universitaria de la Diócesis de Orense.

El ponente comenzó diciendo que “no podemos separar en dos planos la acción de Dios y la acción del hombre, al menos desde nuestra perspectiva creyente”. Señaló la diferencia en los dos relatos de la Creación en el Génesis, que traen consigo concepciones distintas, pero aparecen perfectamente entrelazados, siendo de épocas diferentes. Tienen la misma línea teológica.

Dios actúa en la misma acción de la criatura, y la criatura actúa sostenida por Dios, según Andrés Torres Queiruga. Lamelas subrayó la palabra “velando”, presente en un himno dominical de Laudes de la Liturgia de las Horas. Explicó detalladamente el primer relato bíblico de la creación del hombre, analizando los términos de dominar y someter la naturaleza que aparecen en dicho relato.

El ser humano, guardián de la Creación

En el texto de Gn 1, 26–31, aparece cómo el ser humano ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, y éste es el presupuesto de su acción en el mundo. Es poco menos que un dios, según el salmo 8, que citó a lo largo de toda su intervención. “Se habla de semejanza con Dios, no de identidad… por eso aparece el problema cuando el hombre quiere ser Dios. El hombre es como Dios, pero no es Dios. Por eso el lugar más adecuado para encontrarse con Dios es el ser humano, su más parecida representación”.

Según el ponente, el ser humano aparece como la obra maestra de Dios, no es simplemente una cosa buena o bella, ya que el texto bíblico le da un matiz mayor: “muy buenas”. La imagen viviente de Dios es el ser humano, en su plenitud masculina y femenina, en su fecundidad, en su llenar la tierra. El hombre y la mujer son efigie de Dios.

Dios hace una “investidura regia” con el hombre, determinada por los verbos dominar y someter. “El hombre no es creado para servir a Dios, para ser su esclavo, sino para dialogar con Él, como un ‘tú’. La tierra es su límite, limita su acción. El hombre, imagen de Dios, reina sobre la tierra, pero no la juzga. Actúa en la tierra, pero se encuentra bajo el cielo, y por eso su dominio no puede tener sentido negativo”. El ponente comentó el uso del verbo “dominar” en el Antiguo Testamento, y sus diversos matices, sugiriendo el verbo “supervisar”, un sentido que aparece en algún pasaje bíblico. “Dios puso al hombre en el mundo como un guardián, para supervisar a las demás criaturas”, señaló Lamelas. Y dijo que Gianfranco Ravasi emplea el verbo “señorear”.

En cuanto a la palabra “someter”, se emplea a veces en sentido de esclavizar u oprimir. Pero podríamos suavizar la traducción, y el biblista propuso “llenad la tierra y ponedla a vuestro servicio”, teniendo en cuenta la peculiar concepción judía de la esclavitud, diferente a otras épocas y culturas. Cuestión que se plantea: ¿se trata de hacer esclava del hombre a la tierra? ¿Cómo podemos esclavizarla, si ella misma tiene sus límites? El hombre, en este contexto, debería ser un liturgo –servidor– de la Creación.

“Si el hombre tiene poder en el mundo es porque él mismo recibió este poder; su poder real es el de un virrey, responsable de sus actos ante otra persona, diferente de sí mismo pero muy semejante. Pero esto tiene el riesgo de una deriva tiránica”, explicó el biblista. El hombre, sin embargo, ha entendido que sometiéndose a la naturaleza es como mejor la somete. La astucia y la habilidad son más efectivas que la violencia directa. “Antes de querer transformar el mundo, el hombre ha de escucharlo, ha de ser dócil, discípulo”.

Adán y Eva: de la costilla al costado

En cuanto al segundo texto del Génesis (2, 4b–25 y 3, 1–24), es más antiguo que el primero, pues procede del siglo X a.C. Su protagonista es ha-Adam, que aparece como trabajador: actúa ya poniendo nombre a los animales. Aparecen tres grandes relaciones: la relación con Dios (determinada por la neshamah, el espíritu, que es común a los dos), la relación con el cosmos (ya que ha-Adam es el que ha nacido de la adamah, la tierra), y la relación con la mujer.

El texto describe a Dios como alfarero y no como guerrero (así aparecía en los textos de las otras culturas de Oriente próximo). No se menosprecia el trabajo manual, sino que se presenta al ser humano como homo faber, “y se le presenta con los encargos de cultivar y guardar, espiritualizando el trabajo del hombre. Hay que respetar una Alianza cuyas leyes están inscritas en la misma naturaleza, que debe ser cultivada y guardada (observada y servida), en un contexto de pacto con Dios y con el mundo creado”, señaló Lamelas.

“En la raíz misma de la historia, el hombre es un aliado del Creador. Por eso se puede celebrar una liturgia, un servicio al Señor del cosmos. De ella participan los que trabajan por los demás. Y después viene el poner nombre a los animales, cuando el nombre define la esencia de algo, e implica conocer y tener poder sobre eso”.

Lejos de ser oscurantista, según el ponente, “la Biblia ya valora el conocimiento científico, expresado en ese poner nombre a los animales”. Pero “al ocaso del día, el hombre se siente distinto, enriquecido, exaltado, pero le sigue royendo una carcoma sutil, la de la soledad. El hombre no encontró una ayuda que se acomodara a él. Después de los dos primeros grandes encuentros, con Dios y con las criaturas, necesita algo más. Sólo en el encuentro con la mujer, en el tercer encuentro, se alcanza la hominización plena”.

El texto habla de un ser del mismo rango, su ayuda, su aliada, su cómplice. Para el varón, la mujer “es alguien que está enfrente, alguien conforme a él, correspondiente a él”. Según Lamelas, “los términos bíblicos nos hablan de alguien a quien se le mira a los ojos, de igual a igual, no hacia arriba como a Dios o hacia abajo como con los otros semejantes”. Esto se completa con el elemento de la costilla, y con los términos ishisha, varón – “varona”.

En cuanto a la costilla, puede llevar a un concepto de subordinación, “pero la traducción debería hablar más bien de costado, del lado, no una costilla; es como una parte del cuerpo humano que se separa, no algo insignificante, sino algo igual al varón”. Adán se encuentra con alguien que es “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, tal como señala el texto bíblico.

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