Gabriel Amengual analiza en Zamora las sospechas sobre Dios

Tras el acto de inauguración de las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca y por el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, tuvo lugar la primera ponencia, a cargo de Gabriel Amengual Coll, titulada “La sospecha hacia todo camino de encuentro con Dios”.

Sacerdote diocesano de Mallorca, Amengual ha estudiado en Palma de Mallorca, Roma, Münster y Barcelona, y es doctor en Filosofía y en Teología. Profesor del Centro de Estudios Teológicos de Mallorca, y catedrático de Filosofía en la Universidad de las Islas Baleares. Se ha dedicado a diversas disciplinas filosóficas, entre las que destaca el ámbito alemán y el pensamiento moderno y contemporáneo. Es autor de varios libros y de numerosos artículos especializados.

En su ponencia, el profesor balear abordó la sospecha que a lo largo de la historia se ha hecho recaer sobre el encuentro con Dios. “Se ha dicho que este encuentro es ilusorio, una fantasmagoría. Sería una proyección de la esencia humana objetivándola, o la ilusión que da un sentido a la vida, o fruto de una neurosis infantil”, señaló, refiriéndose a los maestros de la sospecha, que analizó hablando de tres formulaciones de la sospecha: la acusación de ilusión, la acusación de sospecha y la acusación de ideología.

El agnosticismo, o la ilusión del conocimiento de Dios

Gabriel Amengual explicó que el agnosticismo es una postura que se conoce ya desde la Antigüedad. Declara incognoscible a Dios y a lo suprasensible. “Hoy, agnosticismo designa un abanico de actitudes diferentes”, dijo. Y expuso algunos ejemplos: Enrique Tierno Galván (“vivir instalado en la finitud, sin preocuparse por la trascendencia”), o una actitud filosófica más allá del ateísmo (Searle). Además de negarse a plantearse la cuestión, se dice que es intrascendente, una cuestión irrelevante: “para el agnosticismo, Dios y la relación con él no dicen nada del hombre”.

Según Kant, la idea de Dios es necesaria para la razón humana. El concepto de Dios es racional; su limitación racional es que no ofrece conocimiento alguno, porque no responde a la experiencia sensible, y no hay pruebas sobre su existencia o no existencia. Pero, explicó el profesor Amengual, “para el filósofo alemán la idea de Dios cobra validez objetiva en la razón práctica, donde la razón actúa de modo pleno. Ahí aparece Dios como presupuesto necesario para el comportamiento humano”.

En cuanto a Nietzsche, “es muy poliédrico, tiene muchas caras, y hoy se resalta más su aspecto metafísico, nihilista y trágico”. Habla del conocimiento como teoría, y el hombre es espectador de lo que hay. Todo es ficción; el mundo verdadero acabó convirtiéndose en fábula. Lo decisivo no es lo que pasa, sino las categorías que aplicamos a lo que pasa mediante el conocimiento. “Las verdades son ilusiones que han olvidado que lo son. El mundo no es así, sino que yo lo veo así; no hay un mundo previo a mi contemplación del mundo”, explicó el experto. Frente al dogmatismo, Nietzsche propone el perspectivismo; no hay hechos, sino interpretaciones. Pero no equivale a relativismo, sino que es un ejercicio de libertad, y nadie está obligado a creerlo.

Dios como la proyección de uno mismo

 

Todo el conocimiento religioso, para algunos autores, se convierte en la proyección de ilusiones y deseos humanos. Ésta es una actitud filosófica que ya encontramos en la Antigüedad, en las críticas de algunos autores griegos al politeísmo y a la mitología, tal como recordó Gabriel Amengual. Pero también en la ilustración griega encontramos la respuesta a estas críticas, defendiendo el monoteísmo.

Para Feuerbach, la esencia divina es la esencia humana despojada de toda limitación. Todo lo que decimos de Dios, son propiedades que sacamos de lo que es el hombre. Y la teología no es más que antropología, y el ateísmo es su secreto. “Dios es un ser en el que se proyectan y se objetivan las cualidades humanas. Así Feuerbach quiere salvar, reduciéndola, la teología y la religión en general, que tienen un importante contenido humano. Pero hay que atribuírselo a su verdadero poseedor, el hombre”.

¿Cuál es, entonces, el origen de la religión?, se preguntó el ponente. Y contestó: el desconocimiento de la diferencia entre el individuo (el hombre), finito, y la especie, que es eterna. La religión sería el reflejo del ser humano en sí mismo. El hombre crea a Dios a su imagen. “Dios nace del sentimiento de una carencia: lo que el hombre echa de menos, eso es Dios. La esencia de la fe es lo que el hombre desea”.

La sospecha de la proyección está también en el centro de la crítica psicoanalista. “La neurosis aparece como una religiosidad individual, y la religión aparece como una neurosis obsesiva universal”. Según Freud, los hombres se sienten inevitablemente desamparados, expuestos a tres peligros (los horrores de la naturaleza, la crueldad del destino y los dolores de la civilización). Los dioses tienen la función de proteger a los hombres de estos tres peligros.

“La función esencial de la religión es proporcionar consuelo y amparo en un mundo que amenaza al hombre. Por eso Freud integra la religión en las conquistas culturales de la humanidad. Se trata de superar la amenaza de la naturaleza y las penalidades de la civilización”, explicó Amengual.

Sospecha de la ideología: la religión como instrumento del poder

 

Para el marxismo, la religión es el prototipo de ideología: la visión invertida de un mundo invertido, dando como resultado que el mundo invertido, al ser mirado al revés, parece ser un mundo correcto. Por lo que se legitima el orden de cosas. Marx afirma que los hombres son los productores de sus representaciones e ideas. La vida determina la conciencia.

Lo decisivo es demostrar que las ideas religiosas no son atemporales, sino determinadas por el contexto histórico. La función ideológica de la religión consiste en apoyar un orden social injusto, creando una armonía entre las clases que tienen intereses antagónicos. Mantiene la sociedad cohesionada, evitando la lucha que rompa la explotación. La religión, si se realiza efectivamente, conlleva su desaparición, porque quiere realizar los ideales que proclama.

Una revisión de las sospechas

 

Gabriel Amengual concluyó su ponencia en las Jornadas de Teología de Zamora con dos conclusiones. La primera consistió en relativizar estas sospechas. Según el conferenciante, “la sospecha misma se ha convertido en sospechosa, en este momento de la historia, y los programas críticos de la ideología se han revelado como ideologías. El marxismo ha profesado muchas veces una fe ciega en el progreso, en un progreso que remaba en el sentido de la historia. Ha sido el último gran mito de la modernidad: el progreso imparable de la historia, hacia la liberación de las personas y los pueblos. Marx no previó que la religión pudiera tener una función liberadora, de emancipación de los individuos. Y es injusta su crítica a la historia del cristianismo”.

En su segunda conclusión, Amengual subrayó la perenne actualidad de estas objeciones. “Han surgido de nuestra historia, y nos enseñan algo sobre la fe. Hoy no podemos pensar a Dios sin tener en cuenta estas críticas. Nos han enseñado cómo no debemos hablar de Dios, nos han obligado a ‘hacer’ un Dios ‘más divino’, más allá de nuestra personificación divina. Nos han dado mayor conciencia del misterio de Dios, de nuestros límites del lenguaje a la hora de referirnos a él”.

Recordó que, como señalaba san Agustín, Dios es el tema más del deseo que de la inteligencia, y se accede más por el amor que por el conocimiento (santo Tomás). Y está también la inefabilidad de Dios: es un infinito de inteligibilidad, no irracional, sino que supera nuestra inteligencia. “Si lo comprendiste, no es Dios”, decía san Agustín. Otra cosa es renunciar al conocimiento de Dios: no podemos vivir la fe sin utilizar nuestra razón. “Creo para llegar a comprender”, fue la cita de san Agustín con la que concluyó la ponencia.

Amengual llamó también a “conocer nuestra propia tradición religiosa, una tradición riquísima; seamos quienes somos, con autenticidad”.

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