OPINIÓN por Alfredo Hernández Sacristán

Alfredo Hernández Sacristán
Alfredo Hernández Sacristán

Como comprender y pueda caber en la cabeza, que una sociedad que asiente ante toda inclinación sexual, haya personas que- libremente-acepten y vivan el celibato, concretamente en el sacerdocio.

Hay un empeño enfermizo, porque esta forma de vida se acabe en los clérigos, como si esto fuera poner contra las cuerdas su propia libertad. El que el celibato muestre lo que una persona es capaz de vivir- yo diría que siempre o casi siempre, por Dios, es atacado continuamente.

Dicen que el celibato- en los clérigos se entiende –debía ser opcional. Pero… ¿se obliga a alguien a ser clérigo? Si se acepta el serlo, ya se saben las normas. Aceptación de una persona que se considera madura, si luego no se puede soportar. La puerta está abierta.
Tampoco se obliga a nadie a casarse- al menos hoy día –y hay que ajustarse a unas normas. Las cuáles deberían editarse y así vivir en este estado (matrimonial se entiende) consecuentemente con una mayoría de edad.

No debe verse el celibato como algo raro o coartarte, pues de hecho hay personas con este modo de vivir que han podido llevar a cabo misiones difíciles para los casados. Épocas hubo, guerras mundiales, en que gran número de mujeres se quedaron solteras y se dedicaron, con cotas altísimas, a servir a los demás.
Claro, la entrega a los demás, sorprende en nuestra sociedad. Algo que supera a lo de “tejas para abajo”, vida horizontal, a la que resulta incomprensible la entrega a Dios a través de esta exigencia en el vivir y en la cual puede darse el que “sólo Dios basta “ Que no es lo mismo que no querer un vínculo. Es un no a la definividad ,que al decir de Benedicto XVI, es como un tener la vida para sí mismo.
En esta vida de altibajos de sentimientos, con tendencia a no comprometerse, molesta el celibato sacerdotal como algo incomprensible. Le gustaría verle diluido en la sociedad, y así “poder divorciarse”.
Nietzsche ya combatió esta tendencia”…Lutero devolvió al hombre la relación sexual con la mujer, pero tres cuartas partes de la veneración de que es capaz el pueblo, se basa en la creencia de que un hombre excepcional en este punto, lo será también en otros muchos. Y aquí tiene el pueblo la fe en algo sobrehumano, que no es sutil ni caprichoso”.
Lo “milagroso “no es un hombre célibe, que puede dejar de serlo. Lo verdaderamente excepcional es que siga habiendo hombres dispuestos al ¡SI! Definitivo. La sociedad debiera zanjar este asunto. La sociedad de las pluralidades.

Alfredo Hernández Sacristán

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